jueves, 10 de agosto de 2017

Dunkerque en el alma de Christopher Nolan

Anteayer vi "Dunkerque", la última película de Christopher Nolan. Un salto adelante en su cine, un nuevo listón esperanzador en estos tiempos de esto-ya-lo-he-visto mil veces.
En la senda de Terrence Malick, Spielberg o Clint Eastwood, no es ésta una película "de guerra". Eso, que de suyo no tiene por qué ser óbice para el mérito esencialmente estético (como sí lo era en el pastelón "Pearl Harbor"), en "Dunkerque" se convierte en el escenario para contar qué sucede cuando seres ordinarios se ven enfrentados con lo extraordinario: no con la muerte, sino con el odio de una muerte que cae literalmente del cielo como una furia llena de odio. Cuando las cobardías y traiciones conviven con la lealtad y el heroísmo que no se miran en el espejo. Ni siquiera en el legítimo espejo del sentido del deber.

"Dunkerque" es una película sobre el silencio y el perdón, sobre la esperanza que vive agazapada en la aparente aleatoriedad de todo, y del Todo.
Y no se pierdan la música ni la lección magistral que imparte Nolan a los devotos de los efectos especiales en 3D. Menos es más, otra vez.
"Dunkerque" es una película maravillosa. Así de sencillo.

viernes, 23 de junio de 2017

La eterna soledad del yo

"Pues bien, Cristiano Ronaldo (CR para los deportivos), acusado de cuatro delitos fiscales, tiene ante sí dos caminos de redención, uno seguro y otro arriesgado. Despojado el caso de los pífanos mediáticos, que en este caso suenan con especial intensidad, el jugador del Real Madrid puede —y seguramente es lo que hará— declararse culpable, pagar los 14,7 millones que Hacienda le reclama (y no como demostración de buena voluntad, sino porque es lo que establece el protocolo de arrepentimiento en el Código Penal), colaborar en todo en el esclarecimiento del presunto montaje construido sobre cesiones fingidas de derechos a la sociedad de las Islas Vírgenes, con una sociedad irlandesa que cobra de los anunciantes más una cuenta en Suiza y acogerse a la clemencia del tribunal. El segundo camino, una senda tenebrosa, es presentarse en el tribunal, defender su inocencia sobre el supuesto de que no hubo conducta dolosa, arrostrar el riesgo de que el juez no rebaje un solo grado de las penas solicitadas (si considera que es culpable) y acabar en la cárcel (...).", Jesús Mota, El País, 23 de junio de 2017.

El artículo continúa, sin desperdicio. Es más que posible que su lectura convierta en superflua la de esta entrada en mi blog si lo que el lector desea se ciñe al caso Ronaldo. Sin embargo, como mi reflexión va más allá del presente continuo de este futbolista, no quiero dejar de lado una consideración: su reacción, más allá de ser la enésima muestra de un infantilismo narcisista (perdonen la redundancia) ciertamente cargante y enfermizo, la rabietilla de una persona que está convencida de estar por encima de todo, es  también muestra de una actitud que se ha convertido en endémica en estos tiempos de choriceo en expansión que nos ha tocado vivir; a saber: la huida hacia adelante.

De unos años a esta parte, y de forma exponencial, ha cristalizado un (pat)ético código de actuación por parte de políticos y estafadores (perdonen, de nuevo, la redundancia), deportistas, especuladores y otras especies, que formularé como sigue: si te pillan, niégalo todo, sea fraude o malversación, sea dopaje o amaño de partidos. Tú no sabes, no recuerdas, no sabrías precisar. La presunción de inocencia es un principio jurídico penal, eco del sabio, prudente in dubio pro reo que nos ecualiza (permítaseme la licencia semántica) como seres humanos: todos somos sospechosos habituales de una mayor o menor mediocridad. Así pues, mientras no sea demostrada la culpabilidad, la ley ampara nuestra inocencia. Pero la falaz auto-presunción de inocencia es, ¡ay!, un presuntuoso acto de rebeldía que, más allá del fuero interno de cada uno, de puertas afuera se despliega como el acta de defunción de la honestidad, la sucia mortaja de la honradez, la penúltima oportunidad, quizá, de conservar aquella inocencia con que en el inicio del camino éramos capaces de decir, con llana sencillez: "he sido yo". Negarlo todo es defenestrar la pureza, arrojarla al retrete de esa derrota que se llama cinismo.

Cristiano Ronaldo me trae a la memoria (sé que es una imagen habitual en mi imaginario argumentativo, tercera redundancia) el cuento del emperador desnudo. La megalomanía alimentada por los carroñeros de la "prensa deportiva" (¡ja!) ha engordado su ego (sólo comparable al de LeBron James) hasta amenazar con hacerlo implotar: hasta que se dé cuenta de que no es querido porque la admiración sólo se otorga en plenitud a aquello que se presenta con la simplicidad del don. Porque, ¿qué tenemos que no hayamos recibido? ¿Qué, que no sea pura gracia, gratis datum, es decir, donum, don, regalo?

Nada nos debemos a nosotros mismos si no es la obligación más o menos gustosa de repartir a mansalva lo que hemos recibido. No el dinero, no esto o aquello. No. La repartición es la donación de eso que los yanquis llaman el self: lo más íntimo del yo, el reducto que consideramos El Álamo de nuestro ser. También eso. Resistirse a llegar a esa desnudez es condenarse a transitar un polvoriento atajo hacia una triste tierra de nadie vigilada por ominosos carontes, donde resuena el eco de una maldición. La maldición se llama desesperanza, y traza en el rostro la cínica mueca (la cicatriz grabada a fuego) de una sonrisa desvaída, de una altanera ignorancia abocada al olvido.

lunes, 30 de enero de 2017

Paradigmas del futuro impaciente

Desde que ayer vi la final del Abierto de Australia, he estado dando vueltas a un pensamiento que tiene que ver con la paciencia, el tiempo, y la pervertida noción de "éxito" que se ha extendido, como una sombra sibilina y envenenada, hasta ocupar los recovecos y las más remotas esquinas de nuestro inconsciente. Dos jugadores del calibre de Federer y Nadal, dos estilos distintos, dos voluntades análogas. Un punto de apoyo común desde el que mover el mundo de su especialidad: la paciencia y una íntima convivencia con el paso del tiempo. Porque el paso del tiempo otorga perspectiva, conocimiento de sí, mesura, y ese intangible tan decisivo en el deporte y la vida: humildad. A lo largo de los últimos, digamos, treinta años, se ha ido imponiendo de manera exponencial una mentalidad del éxito a cualquier precio: la impaciencia como paradigma. Triunfar ya no es negociable a medio o largo plazo. El tiempo es vivido como escenario resbaladizo del instante.
El deportista que despunta gracias a su talento es proyectado —¡lanzado!— como un dardo que anhela el diez de la diana. De poco sirven las voces que aconsejan prudencia y paciencia: el aprendizaje paulatino de las habilidades, la automatización que sólo otorga la infinita repetición de los movimientos hasta que jugar a un deporte parece una segunda naturaleza, el recuerdo de algo que siempre se supo hacer. En el baloncesto, que de entre los deportes que me interesan es el escenario en que este erróneo modo de obrar se ha impuesto de manera más salvaje, hemos tenido en las últimas dos décadas ejemplos tristes de jugadores que han pasado de promesas fenomenales a estancamientos clamorosos. Juancho Hernangómez, jugador de los Denver Nuggets, es un caso triste de un chaval de veintiún años que se marcha a la NBA sin pensar que, aun siendo bueno, debería haber contado con la paciencia que "todo lo alcanza" para asentar su progresión y afianzar una candidatura a años vista, que le hubiese permitido desembarcar allá con los mimbres bien entrelazados. El propio Ricky Rubio es otro ejemplo de este parón evolutivo. En el otro extremo encuentro a Sergio Llull como el descarado de turno que disfruta de lo que hace desafiando las expectativas ciegas de los adoradores de lo efímero. Vivimos en un mundo "devoto de lo fútil e instantáneo" (Tolkien). 'I want it all, and I want it now', cantaba Queen. "Juventud, divino tesoro", cantaba el poeta. Prudencia, 'auriga virtutum', el Filósofo. Saquemos conclusiones.

viernes, 6 de mayo de 2016

El empalagoso sabor del Ego

Nosce teipsum: conócete a ti mismo. Tal era la leyenda (del latín legenda, lo que había de ser leído) grabada en el dintel de entrada al oráculo de Delfos. Y, puesto que no fue creado el ser humano para ser adorado como un dios, quizá ni siquiera como un héroe, toda magnificación del yo corre el riesgo de caer en la ampulosa vanidad de considerarse elegido por cualquier deidad pagana —uno mismo, por ejemplo—, y perder así la senda de la sabiduría que, en el decir de Cervantes, es la de la humildad (cfr Coloquio de los perros, una de sus Novelas Ejemplares).

A medida que esta marea de estulticia avanza de la pegajosa mano de la Modernidad, como un irrefrenable tsunami, tanto más imprescindible se revela esto que los cultos llaman un “cambio de paradigma”. Pues tal es el sentido de las cosas: el silencio creador, la conciencia de que somos lo que somos (ni más, ni menos), y que nuestro auténtico valor es pesado en una balanza por el único que puede discernir con verdad y justicia: con terrible misericordia, a partes iguales. Este cambio de paradigma debería apuntar, en opinión de quien esto escribe, a una ralentización de la vida, a un enseñoramiento del silencio interior, y a una revisión del lugar del yo en el conjunto.

Vivimos en un mundo que se adentra a toda velocidad en la negación de la búsqueda paciente de la perspectiva. Lo que sucede es sustituido ipso facto por lo que acaba de suceder que, a su vez, ya es pasado; de suerte que lo que viene a sustituir a lo anterior ha sido hecho sinónimo de progreso, y al no haber espacio ni tiempo para la ponderación, todo lo que de valioso posee cualquier tradición ha sido proscrito como obsoleto. Esta envenenada vorágine nos roba lo más importante: la valoración serena del sentido, que es hija primogénita de la prudencia.

¿Por qué este largo proemio en una reflexión sobre un deportista? Me explico. Pienso hace años que Kobe Bryant, a quien he seguido desde su debú en 1996, gastó su larga vida deportiva tratando de emular a Michael Jordan: lograr las mismas hazañas, copiar su estilo de juego y hasta el más mínimo de sus movimientos, batir sus récords. No se dio cuenta de que, como jugador de baloncesto, era extraordinario por méritos propios. Pero en una NBA cada vez más volcada en el instante sin perspectiva, repletas las canchas de egos demenciales y de aspirantes a serlo (a excepción de ese milagro llamado San Antonio Spurs y, más recientemente, Golden State Warriors, o aquí y allá alguna más que honrosa excepción), Bryant pasó a engrosar esa lista de talentosos jugadores obsesionados por la meta (el espejismo) de ser el siguiente MJ.

Tampoco asumió que esos méritos eran fruto de un talento recibido, y que no cabe envanecerse (ni por exceso ni por defecto, que es otra forma bastarda de orgullo) por los regalos que nos adornan ‘de fábrica’. ¿Anula esta afirmación el valor de su esfuerzo por mejorar y hacer de ese talento algo creciente? Creo que no. Pero pienso también que, puesto que la excelencia en el deporte no es sólo una téchné sino, sobre todo, un arte, la elevación de un deportista a la categoría de “grande”, “único”, “leyenda” o “mito”, exige una valoración de esos imponderables que, por no estar de moda desde la década de 1990, completan el retrato del deportista como un todo: un ser humano que practica una disciplina, que se mejora en su ejercicio como tal, y que es capaz de hacer mejores a los demás por medio de la elaborada ejecución de su talento. Pues sólo es artista quien pone su saber hacer al servicio del engrandecimiento de cada otro.

Pero la disciplina a que me refiero no está hecha sólo ni principalmente de entrenamiento, aunque es parte decisiva en la senda de la progresión, según aquello de san Agustín:

Si dices basta, estás perdido. Añade siempre, camina siempre, avanza siempre; no te pares en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Se para el que no avanza; retrocede el que vuelve a pensar en el punto de salida, se desvía el que apostata. Es mejor el cojo que anda por el camino que el que corre fuera del camino. Examínate y no te contentes con lo que eres si quieres llegar a lo que no eres. Porque en el instante que te complazcas contigo mismo, te habrás parado.

El mundo del deporte profesional es, como Hollywood, campo sembrado de minas para el sentido común y la mesura, ingredientes básicos en la receta de la felicidad. Kobe Bryant ha vivido toda su trayectoria deportiva en ambos lugares, rodeado de toda la vanidad, la desmedida ambición y la simple estupidez humana que te susurra al oído sin cesar: “eres extraordinario”. Pero, en el decir de Manuel Vicent,

[l]a cuestión es asumir la vida como una conquista diaria sin que te ofusque la gloria del pasado ni te haga olvidar el futuro. Saber defender, saber encestar sin canasta, esta es la lección. Hoy, cuando el deporte de élite está gobernado por el dinero y cada palco de estadio parece una cueva de forajidos, cuando el destino del atleta consiste en llevar una marca de zapatillas a la meta, cuando la sed del vencedor sólo se aplaca con el anuncio de un refresco, es admirable (...)

ver otros modos de obrar, otra maneras de madurar. La de Vince Carter, por ejemplo: un veterano a punto de cumplir los cuarenta, jugador extraordinario y un atleta portentoso que, de equipo en equipo, ha sabido asumir que la vida pasa, que el papel del elegido es a medio y, sobre todo, a largo plazo, convertirse en mentor y maestro por la vía de la humildad.

Nada de esto he percibido en Bryant. Siempre soberbio, habitualmente centrando la atención en sus disputas con O’Neal (otro que tal), en acaparar todos los focos, en despreciar al rookie de turno o en humillarlo en los entrenamientos hasta esta última temporada.

Cuando estaba Jordan porque estaba. Cuando se fue, porque estaban LeBron James y alguno más. Siempre a la caza del cetro, siempre persiguiendo la gloria de otro. Números asombrosos jalonaron su carrera y lo acompañarán siempre. Será un ‘Hall of Famer’, por supuesto (un museo humano en que abundan los egos), y habrá vendido camisetas hasta del Barça. Estupendo. ¿Y?

Para quien esto escribe, un enamorado del Baloncesto desde los diez años, la figura (la esfinge) de Kobe Bryant se irá empequeñeciendo a medida que el Tiempo que todo lo barre, y que coloca cada cosa, persona y acontecimiento en la adecuada perspectiva, transcurra hacia otras costas y orillas en las que, así lo espero, el ego deje paso a una dialógica del nosotros, sin golpes en el pecho ni miradas cargadas de adrenalina y desafío al rival. Pues, no en vano, el basket es y será un deporte de equipo.


Spurs y Warriors siguen espoleando y dando la batalla, respectivamente, gritando con esa alegría carente de aspavientos a la estirpe de Kobe, que menos es más: a Westbrook y Durant (¡qué decepción!) en Oklahoma, revelador estado de los tornados que todo lo arrasan y nada dejan en el recuerdo; a LeBron y otras tantas liebres despectivas de toda tortuga, sedientas de oropeles, perseguidores de sombras y coronas marchitas.


viernes, 11 de diciembre de 2015

Ignorancia, libros y otras patologías

"Los libros curan la más peligrosa de las enfermedades humanas: la ignorancia" —Radko Tichavsky.
Es una de esas frases que van y vienen periódicamente, y que suena tan rotunda que parece innegable.
Yo no estoy de acuerdo. Si eso fuese cierto, cualquier lector avezado y constante sería sabio. Más aun: sería un santo, una persona sin mácula desde el punto de vista ético; un ejemplo a seguir hasta para Kant.
Pero la enfermedad humana más peligrosa es el orgullo, y tal dolencia no se cura leyendo. Ni tan siquiera los libros más extraordinarios pueden enseñarnos la senda de la verdadera humildad (de la verdad más íntima sobre quiénes somos de un modo tan exacto como doloroso).
Leer puede aumentar nuestro saber. Pero la historia está plagada de grandes, voraces lectores que al cabo terminaron siendo lobos para otros hombres. Y también, y esto es más consolador, de ignorantes que cambiaron su época con obras, palabras y silencios no recogidos en libro alguno.

Leer es sano, sí. Pero, al igual que sucede con los alimentos, depende del qué, el cómo, el cuándo, el con quién... y no meramente del cuánto.

domingo, 19 de abril de 2015

La alegoría del árbol caído


Había una vez un hombre que, como muchos otros antes y a la vez que él, había ido cortando golpe a golpe sus raíces hasta troncharlas de cuajo. Cuando después de no mucho tiempo el bosque de los hombres grises quedó en silencio y casi desierto, los troncos y ramas podridas (que siempre habían estado podridas) fueron recogidas por otros hombres que, confiados en la sombra que aquéllos proyectaban, vivían a la intemperie y padecían mucho frío en el cuerpo, y tristeza y angustia en sus almas.
—No hagáis leña del árbol caído— les dijeron algunos.
—Son ellos quienes han hecho de sí mismos leña y matojos, y hojarasca reseca. ¿Por qué no habríamos de calentarnos ahora, si ya ni siquiera dan el cobijo que nos otorgaba su fronda? ¿Qué les debemos, aun los que de entre nosotros no supimos ver que estaban llenos de gusanos?
Entonces uno de ellos añadió:
—Son ahora leña para uso común, pues no quisieron ser árboles hermosos cuando estaban recién plantados, y prometían llegar al cielo con sus orgullosas ramas en jardines públicos, anchos y gallardos. Su sombra vivía dentro de ellos; por eso su lumbre crepita ahora y relampaguea su luz sombría oscilando insegura contra sus tristes epitafios.



domingo, 5 de abril de 2015

Corazones descascarillados

"Con corazones rotos en miles de fragmentos será difícil construir una auténtica paz social" (Francisco, 'Evangelii Gaudium', n. 229).

Leyendo tantas cosas cada día, en la prensa y en las redes sociales, en libros de ensayo y novelas, es posible tocar los añicos del alma, arañarse e incluso hacerse sangre. Por eso, para explicar lo que es una amistad de forja se me antoja una buena imagen la del castillo viejo, raído de años y arrancado a jirones por los vientos: como esas camaraderías recias, bien cimentadas y robustas, donde hay lugar para tanta variedad como torres y troneras, almenas y vanos, adarves y barbacanas; pues así se convierte el compañerismo en amistad leal.

Frente a esa amistad verdadera y profunda se yergue el vistoso castillo de naipes, alarde fútil e instantáneo de vanidad, fuego de artificio de este o aquel logro. Y es ese tipo de trampa el que desbarata la amistad al dar pábulo a envidiejas y rencillas.

Corazones descascarillados. Eso es lo amable, lo real, lo imperecedero. Lo demás es tuitear algodón de feria, dulzón y empalagoso. Facebook de caras de verdad, no de museo de cera.